Asturias es uno de mis destinos favoritos, por sus paisajes, su gente, su gastronomía… cualquier pequeño pueblecito, playa o montaña os encantará.
Y aunque ya llevaba justo un par de años sin pisar tierras asturianas, el destino de este fin de semana, fue el mismo, Gijón, que aún siendo ciudad, tiene un encanto especial.
De camino hicimos una parada en el Embalse Barrios de Luna, un sitio súper chulo y con unas vistas geniales.
Llegamos a más de media tarde al hotel, el Silken Ciudad Gijón, El hotel está un “pelín” alejado del centro, unos 15 minutillos andando, pero no cuesta nada el paseo. Las habitaciones son fantásticas tanto en amplitud como limpieza, al igual que el baño, que además tiene dos lavabos. Es muy silencioso y el desayuno es muy variado aunque un poco desorganizado. Además, tiene un pequeño spa y un espacio de masajes. Bastante recomendable la verdad. Y después de instalarnos, fuimos dando un paseo hasta la Plaza Mayor, una de las zonas de marcha y además típicas de sidra, donde ves a la gente escanciándola dentro o fuera de los bares. Así que con eso de “donde fueres haz lo que vieres”, nos tomamos unas sidrinas antes de cenar 😊
En este viaje no estuvimos muy acertados con los sitios de comer, no es que estuvieran mal, que en esta zona es complicado, pero no eran especiales. Para cenar estuvimos en La Sartén, muy cerquita de la Plaza Mayor, y donde puedes elegir la tapa con la consumición.
De camino al hotel y aprovechando que no hacía nada de frío, anduvimos un poquito por el paseo marítimo de San Lorenzo, pasando por La Escalerona, para poder disfrutar por fin de la inmensidad del mar.
El sábado comenzamos el día dirigiéndonos al puerto, allí están las características letras de la ciudad que son infinitamente fotografiadas y que son la antesala de la Plaza del Marqués, donde encontramos la estatua de Don Pelayo y el Árbol de la Sidra.
Desde ahí recorrimos el barrio de Cimadevilla, que en sus orígenes fue un barrio de pescadores alrededor del cual se creó la ciudad, pues es el barrio más antiguo, y seguimos nuestro camino hacia el Cerro de Santa Catalina.
Antes de llegar al cerro, nos encontramos con un parque (de mismo nombre, Santa Catalina), donde hay unas pistas de skate, unas pequeñas ruinas y unos cañones, que por cierto se “usaron” hasta antes de ayer como quien dice, pues hay una placa que indica que fue utilizado como bolardo hasta 1997. Subiendo colina arriba llegamos al Elogio del Horizonte, también conocido como el wáter de King Kong, escultura gigantesca de hormigón realizada por Eduardo Chillida. ¡Desde aquí tienes unas vistas al Cantábrico espectaculares!
La bajada la realizamos por el lado contrario, que va a dar a la Iglesia de San Pedro y a la playa. Pasada la explanada de la Iglesia, hay unas termas romanas, que se pueden visitar y que además los domingos son gratuitas.
Lo siguiente que tocaba ya era comer, habíamos reservado en un restaurante del que habíamos visto muy buenos comentarios, y la verdad que no me pareció que se correspondiesen con la realidad, salvo en una cosa, la cantidad, pues el menú eran cinco platos más postre, con lo que salimos rodando… :O Por si os interesa, el restaurante era «La nueva piedra».
Ya por la tarde-noche fuimos paseando hasta la plaza Seis de Agosto, donde además está el Mercado del Sur con su llamativa fachada granate, mercado en el que puedes encontrar todo tipo de comercios y productos típicos y del día a día y que es el más antiguo de la ciudad.
Y desde ahí hacia el Paseo de Begoña, zona peatonal con mucha vida, mogollón de gente paseando, algunos puestecillos, malabaristas… y donde podemos encontrar, entre otros, el Teatro Jovellanos y la Parroquia San Lorenzo.
Después de cenar, decidimos tomar algo en el Café Dindurra. No sabíamos, pero pertenece al Teatro Jovellanos, yo creo que debe estar abierto durante todo el día y lo van adaptando según la hora que es, la verdad que está chulo y esa noche tenía música en directo.
El domingo nos acercamos a La Laboral, uno de los edificios más grandes de España, o al menos de los que yo he podido ver hasta el momento. Me sorprendió muchísimo, tanto sus orígenes, como su uso, como que sea del siglo XX.
Y es que es una construcción que se realizó en época franquista, a pesar de su apariencia clásica, para acoger a niños huérfanos de padres mineros, y que allí viviesen y se formasen. Que puede parecer una causa súper caritativa salvo porque para su realización expropiaron las tierras y viviendas de muchas familias… Hoy en día es el Centro Cultural de Gijón y organizan muchísimos talleres, espectáculos, cursos… además de poderse visitar y subir a la torre (tened en cuenta que hay horas fijas para ello, nosotros nos quedamos sin subir por este motivo…). Súper recomendable la visita.
Para terminar y antes de comer, dimos un paseo por la zona de El Rinconín (su playa es “pet friendly”), que es un espacio abierto de grandes zonas verdes y nuevamente con asombrosas vistas al Cantábrico en el lado este de la ciudad, en el que además puedes encontrar algunas esculturas, todas ellas presididas/gobernadas por “La madre del emigrante”, la cual representa a una mujer diciendo adiós hacia el mar, y que espera el regreso de sus hijos.
Y aquí tuvimos que despedirnos nuevamente de Gijón y poner rumbo a Madrid, ¡pero seguro que volveremos otra vez!
Febrero’2019






































